Semana 39 de "Habla con Ella"

A lo largo de la vida, todas necesitamos creer en algo. Hay momentos en los que la vida parece abrirse frente a nosotras, en los que tenemos la certeza de que todo encontrará su lugar. Y hay otros en los que el camino se vuelve incierto, en los que las respuestas no llegan y lo único que nos queda es confiar, aunque no sepamos muy bien en qué. A veces esa confianza está puesta en Dios, en una religión o en una fuerza superior. Otras veces está en las personas que amamos, en nosotras mismas, en la esperanza de que las cosas pueden cambiar o, simplemente, en la posibilidad de que mañana sea diferente.
¿Dónde tenías tu fe?

Quizá desde pequeña aprendiste a encontrarla en la religión, en las oraciones que te enseñaron tu madre o tu abuela, en las visitas a la iglesia o en aquellas palabras que repetías buscando protección. Tal vez tu fe nunca estuvo ligada a una religión, sino a una manera de mirar el mundo, a la confianza en que existe algo más grande que nosotras o a la certeza de que, incluso en los momentos difíciles, la vida guarda alguna posibilidad de belleza.
Piensa en aquellos momentos en los que más necesitaste creer. En las veces que atravesaste una enfermedad, una pérdida, una despedida o una situación que parecía no tener solución.
¿A quién o a qué acudías entonces? ¿Rezabas, pedías señales, buscabas consuelo en alguien o encontrabas tranquilidad en el silencio? Quizá hubo momentos en los que sentiste que alguien o algo te acompañaba, incluso cuando estabas sola. O tal vez hubo otros en los que te preguntaste por qué sucedían ciertas cosas y si aquello en lo que habías creído durante tantos años seguía teniendo sentido.
Con el paso del tiempo, nuestra fe también puede transformarse. Hay creencias que heredamos de nuestra familia y que conservamos durante toda la vida; otras que, poco a poco, vamos cuestionando, dejando atrás o descubriendo de una manera distinta. Quizá hubo un momento en el que dejaste de creer en algo que antes te parecía indudable. O quizá, después de una experiencia difícil, encontraste una forma de fe que nunca antes habías imaginado. A veces, crecer también significa permitirnos cambiar nuestra manera de comprender aquello que no podemos explicar.
Tal vez hoy puedas mirar hacia atrás y reconocer dónde estaba tu fe en las distintas etapas de tu vida. En la niña que fuiste, en la joven que comenzaba a tomar sus propias decisiones, en la mujer que formó una familia, que enfrentó pérdidas, que persiguió sus sueños o que tuvo que empezar de nuevo. ¿Sigue estando en el mismo lugar? ¿Ha cambiado aquello en lo que depositas tu confianza? Quizá descubras que tu fe estuvo siempre presente, aunque no la llamaras así. En el amor por tus hijos, en la esperanza de ver crecer a tu familia, en la fuerza que encontraste para levantarte después de una caída o en esa pequeña certeza que te permitió seguir adelante cuando todo parecía incierto.
Permite que esta reflexión acompañe el desarrollo de tu pieza. Tal vez aparezca una luz que se abre paso en la oscuridad, unas manos que se elevan, una figura que protege, un camino que se pierde en el horizonte, una semilla que comienza a crecer o algún símbolo que represente aquello en lo que has creído, aquello que te sostuvo o aquello que todavía hoy te permite confiar.
Porque la fe no siempre necesita respuestas ni certezas. A veces vive en una oración que repetimos en silencio, en una mano que buscamos cuando tenemos miedo, en la esperanza con la que esperamos el amanecer o en la confianza de que, a pesar de todo, vale la pena seguir caminando. Y quizá, al mirar hacia atrás, descubras que tu fe no estuvo solamente en aquello que aprendiste a creer, sino también en todas esas cosas que, aun sin saberlo, te dieron motivos para continuar.





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