Semana 38 de "Habla con Ella"

A lo largo de la vida, todas nos equivocamos. Decimos cosas que no queríamos decir, tomamos decisiones de las que después nos arrepentimos, lastimamos a alguien sin darnos cuenta o, algunas veces, aun sabiendo que lo estábamos haciendo. Hay momentos en los que reconocerlo resulta sencillo y otros en los que el orgullo, el miedo o la dificultad de aceptar que nos equivocamos nos impiden acercarnos a decir esas palabras que pueden ser tan pequeñas y, al mismo tiempo, tan difíciles: perdón.
¿Sabes pedir perdón? ¿Cómo lo haces o cómo lo hacías?

Tal vez para ti pedir perdón siempre fue algo natural. Quizá bastaba con acercarte, mirar a la otra persona y decirle que lo sentías. O quizá aprendiste con los años que no siempre es suficiente decir “perdón” y que, algunas veces, pedir perdón también significa escuchar, reconocer lo que hicimos y aceptar que la otra persona pudo haber sentido algo que nosotros no alcanzábamos a comprender.
Piensa en las veces que has tenido que pedir perdón. En las personas a las que alguna vez lastimaste y en aquellas de quienes quizá esperaste durante mucho tiempo escuchar un “perdóname”. ¿Hay algún perdón que todavía recuerdes? ¿Alguno que te haya costado especialmente trabajo decir? Tal vez hubo ocasiones en las que el orgullo te hizo guardar silencio, o momentos en los que necesitaste tiempo para comprender aquello por lo que estabas pidiendo disculpas.
Con los años también aprendemos que pedir perdón no siempre significa reparar lo que sucedió. Hay heridas que necesitan tiempo, conversaciones que no pueden deshacerse y relaciones que cambian después de una equivocación. A veces pedimos perdón sin saber qué hará la otra persona con esas palabras. Y quizá también ahí exista una forma de humildad: reconocer nuestra parte sin exigir que el otro nos perdone de inmediato.
Tal vez hoy puedas pensar en cómo ha cambiado tu manera de pedir perdón. En la mujer que eras cuando eras más joven y en la mujer que eres ahora. ¿Te resulta más fácil reconocer tus errores? ¿Has aprendido a decir “me equivoqué” sin sentir que eso disminuye quién eres? Quizá con los años descubriste que aceptar nuestras equivocaciones no nos hace más pequeñas, sino que nos permite mirar de frente aquello que hicimos y aprender de ello.
Permite que esta reflexión acompañe el desarrollo de tu pieza. Tal vez aparezcan dos manos que se encuentran, una puerta que vuelve a abrirse, una palabra escrita y después transformada, una cicatriz, un nudo que comienza a deshacerse o cualquier símbolo que para ti represente el acto de reconocer, reparar y volver a acercarse.
Porque pedir perdón también es una manera de mirar al otro y decirle: sé que algo pasó entre nosotros y no quiero fingir que no ocurrió. Y quizá, con el paso de los años, aprendamos que pedir perdón no nos quita dignidad ni nos hace menos fuertes. A veces, simplemente, nos recuerda que somos humanas, que podemos equivocarnos y que también podemos elegir qué hacer después de haberlo hecho.





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